Esta semana leemos dos parashot juntas: Behar y Bejukotai. Y dos veces encontramos en la parashat Behar la prohibición de lehonot.
El verbo hebreo lehonot tiene un significado muy amplio. En general significa: “afligir, molestar, perjudicar, hacer sufrir”. Pero veamos los versículos:
El primero de ellos dice: “Y cuando vendan algún artículo a su prójimo, o compren del prójimo, que no aflija un hombre a su hermano –al tonú ish et ajiv–” (Vaikrá 25:14). El otro versículo dice: “Y no afligirá un hombre a su prójimo –Veló tonú ish et amitó–, y serás temeroso de tu Dios, pues Yo soy HaShem su Dios” (Vaikrá 25:17).
A veces, lehonot significa “engañar, estafar”: cuando se refiere a asuntos comerciales y económicos, como en el primer versículo citado. Esta prohibición se llama Onaat mamón. Por ejemplo: Si algún artículo específico tiene un precio determinado en el mercado, y un vendedor sagaz se aprovecha de un cliente ingenuo, que desconoce el precio real del artículo, y se lo vende un 50% más caro.
Y otras veces lehonot significa más “afligir, oprimir, vejar”: cuando se refiere al trato, a la relación y a la comunicación entre las personas. A esto se refiere el segundo versículo citado, como explicó Rashí en su comentario. Esta prohibición se llama Onaat devarim, y enseña que no debemos causar aflicción al prójimo mediante palabras que lo puedan lastimar o herir, o mediante un mal consejo: un consejo que no es bueno para él, según sus cualidades y características personales, aunque sea un “buen consejo” para quien se lo da.
Los Sabios (Babá Metziá 58b) mencionaron algunos ejemplos en relación con la prohibición de Onaat devarim:
Si alguien había abandonado el camino del judaísmo y ahora regresó, no le digas: “Recuerda cómo te comportabas en aquellos días…”
Si alguien es hijo de conversos, no le recuerdes las acciones de sus padres.
Si un converso viene a ti y quiere estudiar Torá, no le digas: “¡¿Una boca que comió alimentos prohibidos viene a estudiar la Torá, que fue dada por HaShem?!”
A alguien que padece alguna enfermedad o que es acosado por sufrimientos o que enterró a un hijo, no le digas, como dijeron a Job sus amigos: “Tu temor (a Dios) es tu necedad…” (Yob 4:6; como diciéndole que no es un verdadero temeroso de Dios).
Si comerciantes quieren comprar de ti cereal o vino, y no les quieres vender, no les digas: “Vayan a lo de fulano…”, si no trabaja en el ramo.
No preguntes el precio de una mercancía, si seguro no la quieres comprar.
Y escribió Rabí Aharón de Barcelona z”l, en su libro Séfer Hajinuj (capítulo 341):
“A mucha gente la palabra hiriente le parece mucho más cruel que el engaño en el comercio. Por eso, nuestros Sabios enfatizaron reiteradamente el cuidado que se debe tener de no herir incluso mediante insinuaciones… Resultaría imposible enumerar todos los ejemplos que podrían causar aflicción. Pero cada cual deberá extremar sus recaudos, asistido por un honesto criterio propio, pues Dios conoce cada uno de sus pasos y pensamientos…
“Y aun a los niños conviene evitar afligir con palabras, fuera de lo indispensable para su educación; incluso a los propios hijos e hijas. Quien así haga, hallará vida, bendición y honor.
“Y aunque esta transgresión no se castiga con azotes, pues no involucra una acción, el hombre debe recordar que el Señor que nos ordenó este precepto tiene muchas maneras de cobrarse, además del látigo.
“No obstante, no creo que si alguien es atacado verbalmente deba enmudecer como una piedra y no responder. Además, su silencio podría ser interpretado como una aceptación de las acusaciones. En verdad la Torá no le ordenó a la persona ser como una piedra, que no responde cuando la atacan. En cambio, ella nos ordenó alejarnos de este rasgo de carácter, para no iniciar pleitos y discusiones, pues al hombre pacífico sólo lo atacan los necios, que no merecen ser tomados en cuenta. Pero si alguien nos afligiera o atacara con palabras, debemos actuar como el sabio, que responde con altura y educación, sin dejarse llevar por la ira, pues ésta se encuentra sólo en los tontos; y sólo deberá justificarse como considere adecuado”.
En una sociedad donde la conducta moral de sus miembros deja mucho que desear, el mensaje de la Torá siempre nos da un hálito de pureza y motivación.