Esta semana comenzamos a leer el libro de Bamidbar, el cuarto de los cincos libros de la Torá.
Gran parte del libro de Bamidbar está dedicado al relato de los sucesos que ocurrieron durante la travesía del pueblo hebreo por el desierto. Cronológicamente hablando, este libro abarca la época desde el año 2449 (-1312), el segundo año a partir de la salida de Egipto, hasta el año 2488 (-1273), cuando concluyeron los cuarenta años del desierto y las Tribus de Israel acompañaron en las estepas de Moav, a punto de entrar a la Tierra Sagrada.
Bamidbar es conocido también como “el Libro de los censos” o “de los censados”. La razón es porque en sus capítulos la Torá se explaya en los detalles del censo de las Tribus que Dios ordenó realizar antes de comenzar la marcha por el desierto. Además, el texto bíblico especifica la formación y posición exacta de cada una de las Tribus al acampar y durante los desplazamientos. Y, hacia el final del libro, la Torá relata sobre el último censo en el desierto, ordenado por Dios unos meses antes de entrar a la Tierra Prometida.
Todo esto fue realizado por nuestro maestro Moshé, con la ayuda de Aharón y los príncipes de las doce Tribus.
¿Cómo fueron censadas las Tribus?
La Torá dice aquí que el censo era per cápita; se debía averiguar el número exacto de hombres en edad militar que cada Tribu tenía.
En verdad, en el primer censo que la Torá menciona (en parashat Ki Tisá, Shemot capítulo 30), la orden Divina fue que se debía censar al pueblo en forma indirecta. Para ello, cada persona que se censaba debía dar una moneda de medio siclo –majatzit hashékel– con el objetivo de “expiar por su alma”, y al final se contaba la cantidad total de monedas acumuladas.
La Torá misma explica la razón para esa forma de censar: “…y no habrá en ellos plaga al ser censados” (Shemot 30:12). Rashí amplía el entendimiento de este punto: “Porque cuando se realiza una cuenta, se corre el peligro de que haya ain hará, mal de ojo, y podría venir sobre los censados una plaga de mortandad, como vemos que ocurrió en los tiempos de David” (Shemuel II 24:10).
Pero, al parecer, los censos del libro de Bamidbar no fueron realizados en forma indirecta. ¿Por qué?
El Midrash (en parashat Nasó) explica que hasta que el Mishkán (el Tabernáculo) fue inaugurado, existía el temor de los Mazikim, “las fuerzas malignas”; y en especial, del ain hará, “el mal de ojo” (ver Tratado de Babá Metziá pág. 107). Pero cuando se inauguró el Mishkán, la Shejiná (la Presencia Divina) se asentó allí, y todas las fuerzas malignas desaparecieron de aquel lugar y del mundo.
De aquí surge la diferencia entre los censos. El censo de parashat Ki Tisá fue realizado antes de la construcción del Mishkán, y por eso se tuvo que hacer en forma indirecta, contando la cantidad total de monedas de medio siclo que cada uno aportó. Pero el censo relatado aquí, en parashat Bamidbar, fue realizado después de la construcción e inauguración del Mishkán, como la Torá menciona al comienzo de esta parashá. Ahora ya no existía el peligro del ain hará, “el mal de ojo”, y no había problema alguno en contar a las personas en forma directa.
(Todo esto es según la opinión del Midrash mencionado anteriormente. Pero según la opinión de Rashí, citada al comienzo de este artículo, también los censos de Bamidbar fueron realizados en forma indirecta, mediante las monedas de medio siclo, el Majatzit hashékel. Y con respecto a la plaga de mortandad que acaeció en los tiempos de David, tal vez la plaga se desató porque aquel censo era realmente innecesario, ya que no había ordenado por Dios y tampoco tenía algún objetivo práctico para el rey David.)
El resultado del censo fue que entre las doce Tribus que conformaban la totalidad del pueblo de Israel había 603.550 hombres en edad militar, es decir, mayores de veinte años.
Esa cifra no incluía a los hombres de la Tribu de Leví, la cual tenía en total 22.300 varones de más de un mes de edad. Entre ellos, la cantidad de levitas que estaban en edad para servir en el Mishkán, es decir, que tenían entre treinta y cincuenta años, era 8.580 hombres, como dice en la parashá siguiente (Bamidbar 4:48). La Torá además menciona que Aharón, el Gran Sacerdote, no fue incluido en el censo.
Con respecto a la formación de las Tribus al acampar y durante los desplazamientos a través del desierto, vemos que Dios ordenó formar cuatro campamentos, cada uno de ellos conformado por tres Tribus. Cada uno de estos cuatro campamentos se identificaba mediante un déguel, una bandera distintiva, y cada una de las doce Tribus tenía un ot particular. (Ot: estandarte, insignia, señal; véase el artículo siguiente).
Al este del Mishkán estaba el campamento formado por las Tribus de Yehudá, Yisajar y Zebulún. Al sur del Mishkán estaba el campamento formado por las Tribus de Reubén, Shimón y Gad. Al oeste del Mishkán estaba el campamento formado por las Tribus de Efraim, Menashé y Biniamín. Al norte del Mishkán estaba el campamento formado por las Tribus de Dan, Asher y Naftalí.
¿Por qué tenían que acampar separados en doce Tribus y cuatro campamentos? ¿Por qué cada individuo no podía acampar con su familia donde quisiera, al lado de quien quisiera?
Al parecer, la razón es porque, con su ilimitada sabiduría, Dios sabía que es imposible que una masa de 600.000 hombres coincida en una misma opinión o en la elección de un mismo camino a tomar.
Por eso, el Todopoderoso quiso que cada Tribu mantuviera y cuidara su manera de ser, su propia idiosincrasia, sin asimilarse a otras Tribus. Pero, junto con eso, HaShem quiso que cada Tribu influyera y proyectara la herencia espiritual particular de sus ancestros hacia las Tribus hermanas.
Y, al mismo tiempo, todo tenía un punto de unión y conexión, una idea en común que unía a las doce Tribus:
La universalidad del alma hebrea.