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20. Iyar 5786

בס”ד

Parashat Nasó

Las Tribus y la nación hebrea

El desierto contribuyó a la formación de nuestro pueblo. De ser un grupo de doce Tribus pasó a ser una nación. “Un reino de sacerdotes y un pueblo santo” (Shemot 19:6).

Antes, éramos un pueblo oprimido; ahora, en las estepas del desierto, guiados por el Creador, comenzamos a valernos por nosotros mismos.

El primer paso fue el censo del pueblo según sus familias y sus casas paternas (Shemot 1:18). La finalidad del censo era elevar al pueblo de Israel, diferenciándolos de los demás pueblos. Sobre el versículo citado explica Rashí: “Ellos trajeron los documentos de su genealogía y testigos que dieron testimonio de su pertenencia a la Tribu”.

El segundo paso fue reordenar el campamento de Israel, para que cada Tribu ocupara el lugar que le correspondía y enarbolara su propio estandarte.

Ahora “la nación judía” ya estaba en camino.

El tercer paso fue establecer una diferenciación entre los israelitas, los levitas y los sacerdotes, los cohanim. Estos tres grupos se diferenciaban en cuanto a su función y su parte en el servicio a HaShem en el Tabernáculo.

Todo este gran plan fue puesto en práctica según las órdenes del Todopoderoso.

En nuestra ParasháNasó, finaliza el relato del censo del pueblo y el reordenamiento de los campamentos, comenzado en la Parashá anterior (capítulo 4:21-49). También encontramos indicativas sobre el nivel de pureza espiritual requerido de los hombres y de las mujeres, a nivel personal, nacional y religioso (capítulo 5:1-6:21). Luego, la Parashá menciona la orden de Dios a los sacerdotes de bendecir al pueblo mediante la Bircat Cohanim (capítulo 6:22-27). Por último, leemos sobre la inauguración del Mishkán –el Tabernáculo, “el corazón del pueblo”– y el festejo que duró doce días (capítulo 7).

Durante los doce días de dicho festejo, los Príncipes de las Tribus trajeron al Mishkán numerosas ofrendas y sacrificios. Cada día lo hizo un Príncipe diferente. Lo interesante aquí es que los doce Príncipes trajeron exactamente lo mismo. Cada día, el Príncipe de ese día ofreció lo mismo que había ofrecido el Príncipe del día anterior. Y aun así, la Torá repite doce veces consecutivas, palabra por palabra, los versículos de las ofrendas con todos los detalles.

Esto es algo sumamente inusual, ya que la Torá generalmente es parca en palabras. Entonces, después de relatar en detalle la ofrenda que trajo el Príncipe del primer día, hubiéramos esperado que el texto bíblico sólo escribiera que “el segundo Príncipe trajo lo mismo que el primero”, y así sucesivamente.

Y a nuestra sorpresa le agregamos el hecho de que, al final de los doce días, la Torá hace un resumen general y nuevamente cuenta el total de los objetos y de los animales ofrendados en el Mishkán.

¿A qué se debe tanta repetición? ¿Cuál es la razón de esto?

En primer lugar, podríamos decir que dicha repetición tiene como meta remarcar que, en el contexto de la nación judía concebida por la Torá, es fundamental el rol de cada una de las Tribus. Aun si hay un rey y un gobierno central, eso no anula la realidad de que está compuesto por doce Tribus lideradas por doce Príncipes. El secreto es establecer y mantener una relación equilibrada entre los diferentes niveles y ámbitos de gobierno.

En otro plano, los sabios del Midrash explican con lujo de detalles la intención particular de cada Príncipe al ofrecer su ofrenda y su sacrificio ante el Eterno. Exteriormente todos ofrendaron lo mismo, pero cada uno lo hizo con un pensamiento y una intención diferente, particular y exclusiva a la historia y la función de su propia Tribu. A pesar de eso, los Sabios proclaman la igualdad de las Tribus ante HaShem: “Esto nos enseña que todas las Tribus eran amadas por igual ante el Santo, bendito sea” (Bamidbar Rabá 14:25).

Una idea similar encontramos en el libro de Bereshit capítulo 49. Cuando, al final de sus días, nuestro patriarca Yaakov bendijo a cada uno de sus hijos: él comparó a Yehudá con un león, a Biniamín con un lobo, a Naftalí con un ciervo, a Dan con una serpiente, a Yosef con un toro, etc. ¿Acaso diremos que uno era más grande e importante que el otro? El Midrash Yalkut Shimoní (Vayejí, 90) responde que no, y para dejar esto bien claro, al final de las bendiciones, la Torá englobó diciendo: “Todas éstas, las Tribus de Israel, eran doce; y esto es lo que les dijo su padre y los bendijo…” (Bereshit 49:28).

Con sus diferencias y sus puntos en común, las doce Tribus estaban representadas frente al corazón del Cohén Gadol, el Gran Sacerdote. Aharón vestía sobre su pecho “el pectoral”. Allí había doce piedras de múltiples colores y matices con los nombres de las doce Tribus. Mostraban la particularidad de las doce Tribus dentro de la totalidad de la nación hebrea. Aharón juntaba esas piedras; ésa era su función. Sólo así el pueblo era verdaderamente uno. A esta idea alude el versículo: “Hubo un Rey en Yeshurún, cuando se reunieron los jefes del pueblo” (Devarim 33:6).